Lo conocí cuando entré a la fábrica y nunca terminé de maravillarme: de verdad, Javier lo sabía todo.
Tenía
a las justas treinta y pocos y sólo tres años de estudios
profesionales, técnico en redes como yo. Sin embargo manejaba los PLC de
la empresa como si sus hileras fueran, accionaba los PCU del Token de
información y sabía usar la cantidad exacta del químico F113 para poder
limpiar los Particle Size Indicator (PSI) Sabía todas las películas
ganadoras al Oscar (todas) y en deportes no hubiera quien lo callara,
sin contar su maestría a la hora de hablar de política y de cualquier
tema aleatorio. Recuerdo por ejemplo cuando mencionó que el Papa no
conoce tres cosas y nos intrigó a todos con su respuesta.
-El Papa no
sabe cuantas monjitas hay en el mundo, que es lo que piensan de verdad
los jesuitas y cuanta plata tienen los salesianos.
Su secreto: un Aleph.
Me
lo reveló antes de morir. Me contó de aquel objeto fantástico apreciado
por pocas personas que permitía observar la totalidad del universo en
un único punto convergente: bastaba verlo directamente para poder ver
cada rostro, cada libro, cada pintura, cada luminaria, cada escultura,
cada asesinato, cada iglesia, cada violación, cada carta escondida bajo
el rincón, cada punto distinguible del Aleph y ver repetido el Aleph en
si y en si hasta la eternidad. Pensé inmediatamente en el espejo de
Alejandro Magno, en la bola de cristal de Merlín o en el sótano de la
calle Garay que Borges descubrió por accidente y terminó dejando que el
tiempo lo destruya solamente por venganza. Me ilusione como niño al
creer de repente en este artefacto místico y crei en Javier a ciegas sin
cuestionarme siquiera acerca de su vida.
Aunque tampoco había mucho
que preguntar. Había ascendido rápidamente desde el momento en que entró
a trabajar en la planta con apenas haber estudiado un poco de
informática. Se casó a los veinte y su esposa murió cuando daba a luz,
desde entonces no dejó la planta ni para estudiar más ni para la boda de
su hermana ni para la muerte de su padre. Olvidó al mundo y decidió
aferrarse a lo único que lo lograba distraer: el trabajo duro.
Fue
esa noche en que caminaba desprevenido y sentí un empujón fuerte. Al
voltear en medio de una nube de polvo encontré a Javier aplastado por
una pared de molino.
-Chibolo tonto, uno tiene que matarse para que tu vivas lo que no pude.
Me
desesperé consiguiendo ayuda pero él aún tenía la sonrisa en los
labios. Se iba a reunir pronto con Beatriz me contó y yo trataba de
decirle que todo estaría bien, que viviría mucho más pero él rehuso
dicha oportunidad.
-Favio, lo sé todo. ¿Para qué quiero vivir si ya no hay pregunta formulable?
Fue
cuando me contó su secreto.Me fascine y perdí el tiempo pidiéndole
explicaciones específicas que a las justas enunció una última despedida y
un apretón de manos.
-Encuentra tu Aleph hijo, el mío sólo te revelará el cómo.
Toda
la mina en su totalidad paró sus actividades por primera vez en
cincuenta y dos años de producción continua. Vino hasta el ingeniero
Mejia desde Mexico, vino todo Tacna, toda Quebrada Honda e incluso
funcionarios públicos. Yo sabia que Javier era querido pero nunca
imagine que él fue el creador del vaso de leche, de los asentamientos,
de los comités populares y demás cosas. Toquepala lloró por su muerte
tres días antes de recomenzar con nueve ingenieros nuevos: aun asi queda
la duda de si ellos podrán reemplazar las miles de labores que
realizaba semejante hombre.
Llegué a su casa de noche. Evadí las
cintas se clausura y me colé por la ventana floja que él me reveló atrás
de su cochera. Entré directo a su cuarto y miré hacia la ventana donde
el sol caía por las mañanas; fue una gran sorpresa y a la vez una
desilusión verlo allí tan simple y mundano un objeto capaz de inspirar
toda la sabiduría del mundo. Entonces entendí el Aleph, entendí la razón
de su vida y su sabiduría, de como decidió esforzarse más allá de los
límites con una mente humana creada para no comprender, sino para
sobrevivir. Sentí melancolía al entender su verdadero secreto y sentí
pavor de nunca poder encontrar algo así para darle sentido a mi vida;
fue entonces cuando decidí buscar el mío; ¿lo encontraré algún día?.
El aleph era el cuadro de su esposa.
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