-Lo siento.
-De qué hablas?
-Deja de pensar en mí, yo estoy bien.
Él la mira perplejo, ella pierde su mirada y estigmatiza su aliento.
-No lo entiendo. Yo quiero pensar en tí, necesito saber que estás bien.
-Sabes que no debes, tienes otras cosas de qué preocuparte.
-Yo
quiero preocuparme por tí! quiero estar atento a tus reacciones, a tus
problemas, a tu manía inifinta de sacrificarte por los demás, así que te
lo advierto cariño, volveré.
-No puedes, no debes. Nos herimos mutuamente, tú con tu vida secreta y yo con mis temores mortales.
-Dime que me has superado totalmente y nunca más volveré.
-Te he superado totalmente.
-Entonces esto es el adios.
-Adios.
Él
la mira marcharse, sin sospechar que a ella le duele más que a él, que
ella lo hace por él, que ella está pagando con su corazón por las
futuras sonrisas de él, quien lanza sus últimas palabras antes de quedar
mudo:
-Piénsame.
Y la vió doblar la esquina por última vez. Él
camina perdido sin nada en la cabeza, llega a casa y ve a su esposa
cocinando, inocente del drama que él está viviendo.
Fue cuando supo
que era el dolor, pero el dolor de verdad. Era tener que aguantar todo
eso sin poder contarle a nadie, sin poder desahogarse, sufrir en
silencio.
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